En busca del gran simio

27 de septiembre de 2015 

Serían como las seis de la mañana cuando los primeros aullidos me arrancaron de los brazos de Morfeo. Un enérgico mono aullador desgarraba sus cuerdas vocales a pocos metros de nuestra embarcación, al tiempo que los animales más nocturnos se iban quedando en silencio dando paso al amanecer en la selva.

Nuestra improvisada cama estaba situada en la cubierta de una pequeña embarcación con motor de gasolina a la que los locales llamaban klotok. La embarcación estaba amarrada en una de las orillas del Rio Sekonyer, en pleno parque nacional de Tanjung Puting. En efecto, estábamos en el sudeste asiático y habíamos viajado hasta Borneo para encontrarnos cara a cara con uno de los animales salvajes más increíbles que habita en sus selvas: el orangután.

Para cuando quisimos incorporarnos, la tripulación ya se había puesto en marcha. El capitán ponía a punto su preciada embarcación; el ayudante recogía las amarras que nos mantenían anclados a la orilla, y mientras tanto Indah, la bella cocinera, preparaba el desayuno junto a su joven hijo Budi. De pronto, el motor del barco se puso en funcionamiento y comenzamos a remontar el rio en busca del gran simio.

El calor y la humedad hacían que toda la tripulación estuviera bajo cubierta, a excepción nuestra y de Fardi, nuestro guía. No perdíamos detalle de la cantidad de animales que nos cruzábamos durante el viaje. Monos narigudos, jabalís, macacos, gibones y cientos de aves salieron a nuestro encuentro proporcionándonos uno de los mayores placeres nunca antes experimentados. Navegábamos rumbo al campamento Leakey, un viejo centro de investigación y rehabilitación de orangutanes que la primatóloga Biruté Galdikas puso en marcha en el año 1971. El joven pero experimentado capitán javanés Kuwat cambiaba de rumbo habilidosamente en cada una de las numerosas bifurcaciones a las que llegábamos. Las tenía todas memorizadas.

Estábamos absortos con las numerosas anécdotas que Fardi nos contaba entorno a los orangutanes, pero de reojo pude divisar una vieja señal de madera que apuntaba a una de las bifurcaciones. En ella pude leer “Camp Leaky”. De pronto, el capitán cambió de rumbo y tomó la dirección opuesta a la señal, lo cual me extrañó bastante ya que todas las demás embarcaciones viraban rumbo a esa dirección.

<<No os preocupéis, es un atajo, llegaremos antes que todos los demás turistas.>> dijo Fardi tras ver nuestros rostros extrañados.

A medida que avanzábamos, el cauce del rio se iba estrechando y la vegetación se volvía más densa. Los sonidos de la naturaleza se iban apagando. En cuestión de segundos una espesa niebla lo cubrió todo y el motor del barco dejó de funcionar dando paso a un silencio absoluto, únicamente perturbado por nuestra respiración acelerada. De repente y como por arte de magia la niebla desapareció por completo. Inmediatamente nos pusimos a revisar toda la embarcación y sus alrededores. Estábamos sólos. Mi mujer, yo y ese viejo barco en medio de la selva de Borneo. Todos los demás habían desaparecido.

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