El niño

Haces semanas que ya no pienso en lo que dejé atrás. Ya ni si quiera existe un espacio para el atrás en mi memoria. Ya ni si quiera tengo memoria. En mis pensamientos solo hay espacio para Él, alabado sea.

Ya no me tiembla el pulso cuando empuño mi vieja Kalashnikov, desgastada por el paso de las manos de otros hermanos y de los sovieticos tras la II Guerra Mundial. Ya no pienso en las decenas de vidas que se habrá llevado este gatillo, ni en las lagrimas de los familiares a los que indirectamente se llevaría también.

Mis deseos de convertirme en martir para complacer los tuyos, glorificado seas, de acabar con todos los Kafires, de defender ante Ti lo que Muhammad, Tu siervo y mensajero, nos enseño. Quiero ganarme el acceso al Paraiso, siempre que Tu, Señor Todopoderoso, quieras que así sea.

Pero hoy, subita y repentinamente algo ha cambiado. El olor a cúrcuma, menta y tomillo me transporta inmediatamente a las calles de Rosengård. Cierro los ojos, respiro profundamente. Veo a mi hermano Jalid jugando con su vieja pelota, siempre sonriente y lleno de vitalidad. Veo a mis padres volviendo del mercado con un cordero halal y verduras frescas. Veo a mis amigos Rakin, Sufiân y Tarif sentados en el banco de siempre, hablando de las chicas que nos gustan, mientras saborean disimuladamente una bolsita de Snus sueco.

Pero mi corazon se encoge cuando te veo a ti, Inaya. Se para el tiempo. Por un momento dejo de estar en Alepo. De pronto comienzo a recordar todo lo que he sufrido por ti, todo lo que te amé, todas mis lagrimas y mis noches en vela. Te veo una y otra vez cogida de la mano con ese suequito, ese niño de papá al que tan poco le ha costado ganarse tu corazón. Ese bastardo por el que me destrozaste la vida, Inaya.

Gracias a ti, Allah, alabado seas, que me acogiste en tus brazos y me diste la oportunidad de formarme junto a mis hermanos sirios en Al Raqa, he podido despertar de ese falso amor, entregándote mi corazón. Tu me enseñaste el camino, el único camino. 

Abro los ojos y miro a mi alrededor. Me encuentro en medio del Bazar, rodeado de hombres, mujeres y niños. Cuando recupero la consciencia sobre lo que estoy apunto de hacer mi pulso se acelera, noto como mis pupilas se dilatan y empiezo a sudar descontroladamente. El corazon se me va a salir por la boca, me tiemblan las piernas como si estubiera en el epicentro de un seismo. No es miedo lo que siento, es pánico.

Miro a los ojos de los niños, ajenos al devastador futuro que les espera. Yo he sido uno de ellos, y no hace mucho de eso. La vida me transformó de niño en adulto sin pasar por la adolescencia. No puedo hacerlo. Voy a vomitar.

Sin darme cuenta he llamado la atención de la Policía. No me da tiempo a reaccionar cuando media docena de agentes se avalanzan sobre mí. Dos de ellos me sujetan fuertemente las manos para evitar que accione el detonador que activa la carga explosiva que llevo como cinturón, bajo mi camisa.

Cuando me doy cuenta de que todo ha acabado lloro. Lloro desconsoladamente. En mis mejillas se mezclan lágrimas de decepción y alivio. Te he decepcionado profundamente, Señor Todopoderoso. Pero también Tú me has decepcionado a mí dejando que un adolescente de dieciocho años abandone su pais, su hogar, su familia, sus amigos, y sobre todo, su juventud.

¿Por qué Allah? 

¿Por qué me has robado la vida?

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