La extraña visita

Era pleno mes de mayo y no mas tarde de las siete de la mañana el sol comenzaba a colarse entre las persianas. Como cada día, Carmen dejaba que fuera la luz natural quien la despertara. Era curioso, toda una vida madrugando para que, una vez cumplidos los sesenta y cinco, no pudiera dormir hasta más tarde de las siete o siete y media. Cuando uno ya no necesita despertador, es el propio cuerpo el que se encarga de realizar tan precisa tarea. No falla.

Junto con los primeros rayos de luz que atravesaban su habitación, Carmen empezó a distinguir los cantos matinales de los pájaros más madrugadores. Golondrinas, petirrojos, gorriones, jilgueros. Podía diferenciarlos perfectamente, desde niña había sido una apasionada de las aves y sus cantos. Era realmente placentero para ella, le recordaba a su niñez y pese a sus setenta y cinco años le transportaba automáticamente a una infancia en la que personas y animales convivían en plena armonía con la naturaleza.

De pronto, el sonido de unos pasos fuera de su habitación acabó con su goce matutino. Carmen era viuda y no tenia hijos. Las opciones que barajaba su lento pero sabio cerebro no la tranquilizaban. «Dios mio, van a robarme… o quizás quieran matarme.» pensó la anciana completamente atemorizada «pero si yo no tengo nada! Dios mio, yo no le he hecho nada a nadie». El miedo paralizaba todos y cada uno de sus músculos, permanecía inmóvil en la cama escuchando atentamente el sonido de los pasos. Por el sonido, Carmen dedujo que sólo había una persona ya que podía distinguir perfectamente las pisadas, que ahora se dirigían al otro extremo de la casa.

Puertas y cajones que se abrían y cerraban, pisadas que hacían crujir la vieja madera del suelo, pero ni una sola voz, ni una sola pista. «¿Pero por que tarda tanto?, ¡por favor! ¿qué está buscando?». Ya no lo podía soportar más, a este paso, el nudo de la garganta iba a acabar con ella antes que el presunto ladrón, o peor aun, asesino.

Cuando sintió que las pisadas estaban lo suficientemente lejos, se sentó en el catre, se puso las gafas, desenchufó la vieja lampara de latón que hacia las veces de lampara de mesilla y se puso en pié. Agarraba la lampara como quien se agarra a las raíces que sobresalen del borde de un precipicio. El miedo hizo que ni se planteara el dar la luz, no quería darle la más mínima ventaja a ese psicópata. No había podido elaborar ningún tipo de plan o estrategia, a su edad, bastante tenía con poder asir con firmeza aquella pesada lámpara. Contó hasta diez, cogió aire tan profundamente como pudo y con su mano izquierda, temblorosa, agarró la manilla de la puerta. La abrió unos cinco centímetros, lo suficiente como para echar un vistazo sin llamar la atención. En el pasillo no había nadie. Parecía seguro salir.

Con lampara en mano y miedo por todo el cuerpo, Carmen avanzó lenta y sigilosamente por el pasillo. Aún llevaba puesto su viejo camisón, blanco y desgastado. Sus curtidas plantas de los pies se deslizaban por el suelo de madera, mientras su deteriorada vista hacia un esfuerzo sobrehumano por detectar el más mínimo movimiento. Avanzó por el pasillo, dejando atrás su habitación, los diez metros del pasillo se le estaban haciendo eternos. El cuarto de invitados estaba vacío aunque la cama estaba deshecha y sobre la silla que había junto a la ventana, reposaban varias prendas de ropa. Parecía ropa de mujer, de mujer joven. «Madre mía ¿qué está pasando? no entiendo nada. ¿De quién es esa ropa?». Pese a la inquietud que le producía, la anciana continuo recorriendo el pasillo, armada con su lampara, su única defensa. Después de dejar tras de si el cuarto de invitados, el baño y el salón, donde tampoco había nadie, se dirigió a la cocina. «Ya solo me queda la cocina, tiene que estar aquí.» pensó. Su pulso se aceleraba, sus ojos cada vez veían menos, sus oídos cada vez mas sordos. Era como si estuviera en una burbuja, bajo el mar, en la que no podía ver mas que agua y mas agua. Pero esa burbuja estaba a punto de estallar, dejándola absolutamente indefensa ante esa extraña persona que rondaba por su casa con tan malas intenciones.

Al asomarse a la cocina, vio a una chica joven, morena, de estatura media y cuerpo esbelto. Estaba de espaldas, asomada a la ventana, fumándose un cigarrillo. No lo dudo ni un momento y presa del pánico, la ira y la angustia, se abalanzó sobre ella empuñando la lámpara como si de un garrote se tratara.

– Fuera de aquí –gritó Carmen mientras alzaba su rudimental arma–. ¡Malparida!

– ¡Pero abuela! Por favor, soy tu nieta Judit –exclamó la joven– vivo aquí conti…

No le dio tiempo ni a acabar la frase cuando Carmen lanzó su brutal ataque. Por suerte, la joven pudo esquivar aquel intento desesperado por deshacerse de ella. Iba directo a la cabeza. La muchacha, que parecía estar acostumbrada a aquellas situaciones, le arrebato la lampara, la tiró al suelo y abrazo a la pobre Carmen, inmovilizándola por completo. No era un abrazo cualquiera, era el abrazo de una nieta desesperada. La abrazó hasta que la anciana perdió la fuerza.

– Por favor abuela escúchame –dijo la pobre Judit entre sollozos– estás enferma, ya no te acuerdas de mi. Déjame que te lo explique.

– ¡Yo no te he visto en mi vida! Vivo sola y no tengo nietas.

– Abuela, por favor, acompáñame al salón, te enseñare todas nuestras fotos juntas, desde que nací. Eres la persona a la que más quiero en el mundo y te voy a seguir cuidando siempre, pase lo que pase.

Carmen, no dando crédito pero con ganas de creer, acompañó a su nieta hasta el salón, donde nada más entrar pudo observar una foto reciente de las dos juntas, enmarcada en un precioso marco forrado de cuero marrón. No le hizo falta más. Fue un flashback. Se fundieron en un abrazo, en el que se mezclaban las lágrimas de alegría de Carmen con el sollozo de tristeza de su nieta Judit.

Lo que la pobre Carmen no sabía es que a la mañana siguiente, al despertarse, se encontraría de nuevo con una extraña en su casa.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Eva Liliana Garcia dice:

    Al pasar el tiempo por nuestras vidas, el destino nos cambia todo al gradó de no conocer a nuestros seres queridos*
    Dios quiere y todas las abuelas tengan una nieta como Judith***

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    1. Peio Rios dice:

      La verdad que el Alzehimer es terrible, creo que más aun para los familiares que para los propios enfermos. Gracias por tu comentario!

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  2. Arkaitz RUIZ dice:

    Tan real como la vida misma, yo lo he vivido de cerca y es desesperante. Buen relato tinta seca.

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