Él solo queria bailar

    Marcos llevaba toda la semana esperando ese día. A decir verdad, había pasado los últimos diez años de su vida esperando pacientemente a que cada semana llegara el sábado. Era su día.

    Rondaba los cuarenta, aunque era una de esas personas con las que te bloqueas a la hora de adivinar su edad. Su aspecto era juvenil, pero su mirada reflejaba el paso de los años. Su vestimenta era completamente anacrónica, como si a finales de los noventa se hubiera detenido el tiempo para él. Vivía en una eterna juventud.

    Marcos no había sido un estudiante brillante, de echo, los resultados de los test de inteligencia a los que en varias ocasiones había sido sometido, rozaban el límite del retraso mental. Pero a efectos educativos y administrativos Marcos era considerado un tipo normal. Sus limitaciones le habían obligado a seguir viviendo con su madre en un pequeño piso de cincuenta metros cuadrados, en un humilde barrio obrero. Su habitación mostraba el mismo aspecto que hace veinte años, cuando hicieron la última reforma. Una cama estrecha, un amplio armario que ocupaba media habitación, un viejo televisor SABA sobre un diminuto escritorio y una pequeña ventana que daba a un angosto patio interior.

    Como cada sábado a las 20:30, Marcos se sentó en la mesa de la cocina para cenar en compañía de su madre. Tras acabarse el filete de ternera empanado y el vaso de leche, ante la atenta mirada de su madre, se fue para su cuarto. Siempre había sido un niño menudo, y conservaba el mismo cuerpo desde que cumplió los quince años. Pero pese a su pequeñez, comía como una lima. Daba gusto verle.

Mamá –dijo Marcos con su voz tierna e infantil– voy a cambiarme que ya sabes que hoy es sábado.

    Abrió la puerta de su armario y echo mano de su conjunto favorito: una camiseta interior blanca de manga larga; por encima una camisa negra de manga corta, con finas rayas rojas y un bordado de una calavera en el pecho; unos jeans oscuros de corte recto; un cinturón negro con calaveras blancas; y en los pies unas zapatillas negras y anchas con suela de goma blanca. No tenia que peinarse ya que llevaba el pelo prácticamente rapado. Estaba listo.

    –Bueno mamá salgo un rato, ¿vale?.

    –Vale hijo pero ten cuidado –le contesto su madre con preocupación– ya sabes que hay mucha gente que hace cosas malas.

    –No te preocupes, yo no me meto con nadie.

    Según cerró la puerta de casa y sin perder ni un segundo, se coloco un pequeño pendiente en forma de aro en su oreja izquierda. A su madre no le gustaba que lo llevara, por eso hacía lo imposible por que ésta no le viera con el. La respetaba mucho.

    Mientras recorría el kilometro que separaba su casa de la zona por donde habitualmente salía de marcha, Marcos pensaba en lo enormemente feliz que era. No le preocupaba ni lo mas mínimo el tener que salir sólo, beber sólo y divertirse sólo. No le asustaba la soledad. De hecho, no le preocupaba porque ni si quiera pensaba en ella. Los pensamientos de Marcos eran mucho más sencillos de lo que os pudierais imaginar. Sus limitaciones intelectuales y emocionales, hacían de el un tipo simple, sin ambiciones ni preocupaciones.

    A las once de la noche entró en el primer disco pub, Pepe´s, donde pidió su combinado favorito: vino tinto y Coca-Cola. Era pronto y la pista de baile aún estaba vacía. Las diez o doce personas que había en el pub estaban repartidas por la barra y por alguna que otra esquina del local. Marcos agarró la copa con decisión y firmeza, y se dispuso a darle el primer trago, largo, como marcaba su ritual. En ese mismo instante el pinchadiscos, que a su vez era camarero, hizo sonar el hit Duele el Corazon de Enrique Iglesias y el pequeño Marcos…su noche acababa de comenzar.

    No había cosa que le gustara mas en esta vida que bailar. Era su pasión. Marcos no salía a conocer gente, no salia a charlar ni a ligar; salía a bailar. Después de un largo trago, dejó la copa sobre la húmeda barra de granito del bar y comenzó a deleitar al personal con sus primeros pasos. Tenía un movimiento de cuello majestuoso, era rapidísimo, incluso parecía un tic nervioso, pero era absolutamente voluntario. Le encantaba mover la mano derecha con la palma abierta mirando hacia arriba, como cuando le ofreces un azote a niño que se porta mal. Su movimiento de hombros era impecable, en absoluta sincronía con el cuello. Era maravilloso verle. Era un maestro del silbido, arma que sólo utilizaba para momentos álgidos en los que la adrenalina fluía a raudales por todas sus conexiones neuronales. Aunque también lo hacía sonar cuando se daba cuenta de que el personal estaba cayendo en un momento de bajona.

    Cuando el disco pub empezó a llenarse, Marcos tomo la decisión de cambiar de local, no le gustaban las aglomeraciones, necesitaba espacio. Los últimos dos tragos los tomó en un bar de última hora. Eran las tres de la mañana y la multitud aun seguía en la otra zona de marcha, por lo que pudo disfrutar de una veintena de canciones en absoluta tranquilidad. Respetaba profundamente a los hombres, y más a las mujeres, su timidez le impedía incluso mirarlas. Él solo quería bailar.

    De pronto miró la hora en su viejo smartphone, eran las cuatro y media de la mañana, hora de abandonar. Salió con una sonrisa del local, sonrisa que mantuvo durante todo el camino de vuelta a casa. Había sido una noche divertida, sin contratiempos ni complicaciones, sin provocaciones ni desprecios. Eso no era lo habitual. Había sido objeto de mofa y diana de las burlas de muchos borrachos desalmados, de valientes ignorantes y de mujeres sin empatía. Pero esa noche todo había discurrido con una extraordinaria fluidez, lo que hizo que al acostarse en su estrecha cama, todavía mantuviera la sonrisa. Solo deseaba que llegara el próximo sábado, pero deseaba aun más que fuera tan gratificante como esa última noche. Él sólo quería bailar.

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