Cambiar el mundo: El poder

Miles de años de evolución han llevado al ser humano a construir un mundo marcado por la desigualdad, la autodestrucción y la búsqueda del poder, entre otros grandes males

Se estima que la vida pudo “aparecer” en la Tierra hace unos 3.800 millones de años, digo aparecer porque a día de hoy no existe una teoría consistente sobre el origen de la vida. Es más, que la vida llegara a nuestro planeta incrustada en algún meteorito, es una teoría tan válida como otra cualquiera mientras no se demuestre lo contrario. La evolución siguió su curso, los animales y las plantas convivían en el mundo teniendo como principales objetivos la búsqueda de alimento y la reproducción. Era una simple cuestión de supervivencia y perpetuación de la especie, con la correspondiente adaptación al entorno que ello suponía.

Hace tan solo 4 millones de años, un suspiro en términos de historia evolutiva, un grupo de homínidos se alzo sobre sus patas traseras, dando paso a los Australopithecus, nuestros parientes más lejanos. Pero lo que a mi juicio marcó un antes y un después en el comportamiento humano fue el descubrimiento de la agricultura, hace aproximadamente 10.000 años. Hasta entonces, los clanes sobrevivan gracias a la caza y a la recolección, evidentemente, como en todo el reino animal, organizados jerárquicamente. La diferencia es que cuando comenzó la agricultura, también comenzaron los excesos de producción, y muy probablemente fue cuando empezaron a florecer los primeros pensamientos de poder.

Hasta entonces los lideres se distinguían por actitudes y aptitudes. Fortaleza física, destreza en la caza, capacidad de apareamiento o protección del clan, entre otras; no por sus posesiones materiales. Pero la agricultura lo cambió todo. Por primera vez en toda la historia de la vida el ser humano fue capaz de generar riqueza, mas allá de la que la naturaleza podía darle siguiendo su curso natural.

Cuando no hay nada que poseer, nadie piensa en posesión.

El problema es que desde entonces el ser humano ha ido diezmando los recursos del planeta, extrayendo todo lo que considera riquezas, con un fin muy claro: el enriquecimiento. Tanto el antiguo poder político como las primeras religiones organizadas, se diferenciaban del resto de la población gracias a sus bienes materiales. Desde metales y piedras preciosas, hasta templos sagrados, sin olvidarnos de los “bienes humanos” que constituían los esclavos.

La evolución ha seguido su curso lógico y en pleno siglo XXI, unos cuantos miles de años después, la humanidad sigue pensando en la posesión de bienes materiales como meta principal de sus vidas. Por todos es sabido que las personas más poderosas del planeta son a su vez las más ricas en cuanto a bienes materiales, no en cuanto felicidad, evidentemente. Resulta muy contradictorio que la mayoría de personas estemos en contra de tal desigualdad, pero que a su vez busquemos acercarnos cada vez un poquito más al estatus de los poderosos.

Pero, después de miles de años de evolución en los que hemos observado como los bienes materiales daban acceso al poder y al bienestar, ¿cómo pretendemos cambiar nuestra forma de pensar? Han sido muchos años en los que la gran mayoría de la población ha vivido a merced de una minoría materialmente enriquecida, casi siempre a costa del trabajo de esa mayoría.

¿Por que las personas que realizan funciones básicas para nuestra supervivencia, cómo los docentes, los médicos o los científicos, cobran menos que los póliticos? Es simplemente una cuestión de poder. Y si no, explíquenme como un psicópata como Donald Trump ha podido llegar a candidato en el país mas poderoso del mundo. Gracias al poder.

En conclusión, mientras el 99% de la población siga permitiendo que el poder recaiga en manos del 1% restante no habrá avances evolutivos ni sociales. Harían falta muchas generaciones para que un niño nazca y se desarrolle en un mundo en el que no exista el poder económico, sino el poder intelectual y el poder sentimental. Un mundo en el que las decisiones sean tomadas por personas que persiguen el bien de la población mundial, personas empáticas, solidarias, concienzudas; personas que se sienten parte de un planeta de 7.000 millones de habitantes y que usan la palabra “poder” para poder cambiar el mundo.

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