Yo, mi, me, conmigo.

De los clanes sociales, al individualismo actual.

Es realmente curioso ver como una persona puede llegar a sentirse única, especial e importante en una sociedad que cuenta con 7.000 millones de habitantes. Mas curioso es aún sentirse el centro del universo en un planeta que forma parte de un sistema solar de 8 grandes planetas y alrededor de 580.000 pequeños. A su vez el sistema solar es parte de la galaxia Vía Láctea que tiene un diámetro de unos 100.000 años luz.

Sabéis cuantas galaxias se estima que hay en el universo observable? Nada mas y nada menos que cien mil millones (100.000.000.000). Y tú,  ¿todavía sigues creyéndote el centro del universo?

Desde los primeros homínidos, las estructuras sociales han estado organizadas en clanes. Éstas agrupaciones tenían dos objetivos comunes: La caza/recolección y la reproducción para la perpetuación de la especie. Los unos necesitaban de los otros para alcanzar dichos objetivos y centraban su vida en ellos. La evolución del ser humano ha llegado al punto en el que un solo individuo puede valerse por si mismo para cubrir las necesidades básicas para su supervivencia, no así la de la especie, para la que todavía nos necesitamos los unos a los otros, repito, todavía… Aunque no para ello tenemos que relacionarnos de manera tangible con una persona del sexo opuesto.

Esta independencia es positiva en cuanto a que las personas no tienen que relacionarse forzosamente o por necesidad con otros individuos, formando clanes o grupos de interacción, pero se nos olvida que la mayoría de nosotros seguimos teniendo objetivos comunes. El problema es que el sistema fomenta un consumo individualista para darnos una falsa sensación de autonomía y bienestar sin necesidad de organizarnos en una sociedad que se ayuda mutuamente.

La persona más importante en la vida de cada uno debe ser uno mismo, sin ti no hay vida, y me parece estupendo que nos preocupemos por nuestra salud, estado de bienestar y por la utópica felicidad. Pero parece ser que a la sociedad se le está lleno un poco de las manos el individualismo. Se ha fomentado una cultura de consumo en la que el dinero es la pieza fundamental de la organización jerárquica en las clases sociales. Cuanto más dinero, mas poder. Por eso la mayoría de nosotros pensamos de forma individualista: Tener nuestra propia casa, nuestro propio coche, ropa de marca, los últimos equipos electrónicos y unas vacaciones anuales en la playa. Cuanto mas dinero, mejor será nuestra casa, nuestro coche, nuestra ropa y así sucesivamente. Pero el egoísmo del ser humano junto con la cultura de consumo hacen que nunca sea suficiente.

Los bienes de consumo solo aportan un placer momentáneo, que no puede ni considerarse felicidad. El altruismo, las relaciones sociales, sumergirse en actividades que hacen fluir tu mente olvidándote del espacio-tiempo, esas si que son las verdaderas fuentes de la felicidad. No lo digo yo, lo dicen multitud de estudios, entre ellos los de psicólogos y catedráticos de impoluta reputación como Martin Seligman o Mihaly Csikszentmihalyi.

Los últimos estudios realizados por la British University de Columbia afirman que el dinero solo ayuda a sentirse menos triste o desgraciado, en ningún caso más feliz. Por ejemplo, el nivel de felicidad de personas que ganan la lotería se dispara cuando conocen la noticia, pero vuelve a su estado anterior unos meses después.

Amigos y amigas, formamos parte de un planeta en el que cohabitan billones de seres humanos, animales y plantas. Ayudémonos y disfrutemos los unos de los otros.

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